Seguros de nada

Muy a pesar de nuestra convicción de que desde el nacimiento tenemos que estar preparados para encontrar en el camino de la vida situaciones, sensaciones y sentimientos comunes a todo ser humano, es cierto que, del mismo modo existen algunos terrenos en los cuales no podemos sentir del todo que estamos pisando en tierra firme.

Nacer desnudos es un presagio de que llegamos y nos vamos de este mundo de la misma manera, sin nada.

Muchas lecciones y profesores tenemos a la largo del tiempo en que vivimos para saber que lo más seguro es no sentirnos seguros de nada ni de nadie.

Aunque confieso que cuando creo y confío en algo o en alguien lo hago con fe ciega, a pesar de que he sufrido grandes decepciones y de que he visto caer muchas máscaras.

He confiado y me he sentido segura, tan segura que he saltado al vacío con los ojos vendados, segura de que no me dejarían caer.
Unas veces, casi a punto de chocar contra el suelo, he sentido cómo unas manos fuertes me sostienen hasta sentir suavemente el toque de mis pies sobre la tierra.

Otras veces las mismas manos que en un momento me sostuvieron, me soltaron con rudeza y me dejaron caer de golpe contra el suelo.

Sé que estas experiencias pertenecen a esas situaciones comunes a todo ser humano.

Tenemos la certeza de que un día nacimos y de que otro día será el último de nuestra vida, pero es imposible saber a ciencia cierta cuál será ese día.

Es difícil no saber si queremos realmente a alguien, lo que pasa es que aprendemos a fingir y así podemos hacer sentir al otro, o que lo amamos de forma desmedida, que ya lo hemos dejado de amar, o que nunca lo hemos amado realmente. Al final solo uno mismo sabrá lo que siente, pero podrá reflejar lo que se proponga.

Son estas actitudes de las personas las que nos llevan a ser precavidos, a no dejarnos llevar por las palabras que nos dicen, pues muchas veces estas solo brotan al calor de la emoción del momento y nada tienen que ver con lo que en verdad siente la persona que las dice.

Es hermoso poder confiar y creer. Cuando lo he hecho, he sentido y he vivido una paz indescriptible. Es más, siento que es lo más cercano a lo que llaman felicidad, pero cuando asoman las nubes de la desconfianza y ciertas palabras nos demuestran que estábamos equivocados, volvemos a sentir miedo, ese miedo que muchas veces se vuelve irracional y nos deja convencidos de que en esta vida es mejor vivir seguros de nada.

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