José Duluc, cazador de sonidos afrodominicanos y de conexiones caribeñas

Entre los discos de José Duluc se destacan “A quién le creo” y “Pánico”.
Duluc ha sido parte de grupos como Palemba, Transporte Urbano, los Guerreros del Fuego, Ga´Caribe y Domini-Can

José Duluc es como un cazadorde sonidos antiguos que trascienden épocas y permanecen en las tradiciones musicales dominicanas. Tradiciones que se han cocido y transformado en montañas, valles agrícolas, y en barrios urbanos populares y marginados.

Con un “pri pri” de fondo bailable, dice “me voy para Sudáfrica”, en su canción “Oye muchacha”. En “Ya-Ya Om” rescata sonidos de la lengua taína, aquella que hablaba una parte de los habitantes del Caribe antes de la colonización europea.

Sus creaciones suenan en clave contemporánea, pero a la vez, en diálogo con las tradiciones musicales nacionales que, explica, van mucho más allá del merengue y la bachata. Ese diálogo se refleja en los sonidos y también en los temas. El cantante Chichí Peralta popularizó “La Ciguapa”, canción de Duluc inspirada en la leyenda, muy difundida entre campesinos dominicanos, de un ser mitológico con forma femenina, que recorre fuentes de agua y montañas desde la época taína.

Duluc empezó a escuchar diversas músicas criollas en su natal Higüey, ciudad ganadera y turística en el Este del país.

“La primera que aprendí fue el merengue, con Guandulito, que era del Este y lo vi muchas veces. También vi los Guloyas, los gagás, los palos con la Virgen de la Altagracia. Vi después que los palos del Este son diferentes a los palos de San Juan, que es un aspecto que hay que estudiar mucho. Hay 25 o 30 estilos diferentes: los Congos de Villa Mella, del Espíritu Santo, no tienen nada que ver con los de Higüey”, reflexiona desde su casa en la Ciudad Colonial, entre los merengues que llegan desde el colmado del frente y el ruido de una cotidianidad hogareña envuelta en arte, entre el ir y venir de músicos, amigos y familiares que se mueven de un lado a otro.

Insiste en reivindicar a los tamboreros, que de generación en generación guardan ritmos y melodías únicos de los que se ha alimentado la música popular. Duluc, tamborero también, reflexiona en que quizás aprendió a tocar otros instrumentos para huir del estigma popular de que las tamboras son para músicos de menor valía. Pero sus estudios le hicieron entender el valor de la tambora en la conservación de técnicas, ritmos y melodías de los que beben y se reinventan las músicas nacionales.

Duluc dice que su abuela fue una fuerte presencia, su religiosidad lo marcó.

Explica que, además de las tamboras, los estilos de la música nacional se reflejan en los cantos a capela, donde también, a su juicio, hay mucha diferencia entre una región y otra, e incluso de una a otra provincia. Y piensa que queda mucho por descubrir. Más de 40 años después de iniciarse en los caminos de la investigación y la creación musical desde el folclor, todavía se sorprende con nuevos hallazgos.

“Estoy todavía estudiando, te lo juro, me encuentro con grupos… el jueves vi un grupo de salve, había una señora de 75 años con una tambora adelante, cantando como una líder, con diez muchachos atrás, la mayoría mujeres, una cosa fascinante, digo, wao cómo es que esto está pasando en mi país y pase como una cosa, no sé…”, comenta.

Para Duluc es importante preservar estas músicas, porque cree que deben ser fuente de inspiración para las nuevas generaciones de artistas. Llevar al pentagrama la mayor cantidad de música tradicional posible, es uno de los regalos que piensa dejar a los músicos del futuro.

Ahora bien, no se trata solo de arte. Entiende que estos ritmos tienen otros significados, que trascienden el mundo físico y, a su juicio, conectan con una espiritualidad que permite llegar a los ancestros y está más allá de lo visible.

“Nosotros tenemos una forma de comunicarnos con los ancestros, con el más allá, como le llaman, o con otras realidades que vivimos aparte de la cotidiana, para el que vive esto también espiritualmente, no solo como compositor y como músico”, dice y se enorgullece de que, a pesar de haber trascendido a nivel internacional en el arte folclórico, se mantiene fiel a las raíces. “He viajado llevando la cultura, pero me mantengo dentro de la tradición”, enfatiza.

Los comienzos de la vida y sus imprevisibles caminos sonoros

No siempre se sintió orgulloso de ser parte de la tradición, y de vivir en un ambiente donde se practicaba la religiosidad popular. Tendría que llegar a la adultez y a la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) para reconciliarse con sus raíces.

Cuenta que en su niñez hubo dos elementos que definirían, años después, su vida adulta: la música, pues se educó en un hogar de músicos, y la religiosidad católica popular. “Me crié con mis hermanas y una abuela, pero en el ambiente musical, folclórico, siempre de la cultura dominicana, creo que eso era muy importante. Y los valores: mi abuela, la escuela, el ir al monte, el contacto con la naturaleza, los juegos, el compañerismo… todos esos valores que se han perdido influyeron…”.

Explica que como su mamá murió cuando era niño, su abuela fue una fuerte presencia, su religiosidad lo marcó, “era una religiosa del pueblo, número uno, tenía un altar también de Guedé, del Barón. Mi abuela estuvo vinculada con Elupina Cordero, la santa de Sabana de la Mar. En mi casa siempre había actos de magia, era algo como ajeno a mí como niño, pero eso marcó mi vida después”.

Y después llegaron tiempos más complejos. Cuenta que emigró a Santo Domingo con 14 años y estudió en el colegio de La Salle, una educación de primera, reconoce que tuvo suerte. En la Capital se rompió su sueño de que el mundo era “feliz, que no había problemas y que todo iba a estar bien”. Atrás quedó el tiempo en el que su principal preocupación era evitar que los compañeros de clase vieran las hojas que le quedaban en el cabello, luego de los baños rituales que hacía la abuela.

“Vi que yo era una persona diferente en la ciudad, me relajaban por mi modo de hablar, me decían feo, las muchachas de la escuela, wao”, dice y se entristece por unos segundos.

De la adolescencia también recuerda los excelentes profesores que tuvo y la influencia que ejercieron en su vida: “Yo adoraba a mis profesores, un profesor que se llama, y aquí le mando un saludo a su familia, si está viva, algún día van a leer la historia; Francisco Salazar, Paquito, de La Salle, un cubano que era una gloria, me ponía a escribir, me motivaba. Y estábamos hablando, en la bulla, y él con una sonrisa así… y él no decía cállense, se quedaba así, era un ángel. Y a los cinco minutos, decía “hola, como están, qué bien, queridos”, oye este tipo es un degraciado”. Al terminar de narrar, ríe a carcajadas, ha imitado los gestos de su profesor y su cara de paz mientras lidiaba con el desorden de la muchachada, está en un lugar feliz.

Formación lasallista

Con su formación lasallista a cuestas llegó a la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) a estudiar ingeniería química, a pesar de que era músico popular, y hacía presentaciones con combos.

Dos hechos le hicieron cambiar de rumbo, asumir la música como proyecto de vida y reencontrarse con las raíces de la infancia: el contacto con gente que estudiaba folclor en la universidad y el nacimiento de su primera hija, cuando apenas era un joven de 19 años. Como tenía dotes naturales de bailarín, ingresó al ballet folclórico de la UASD para ganar algún dinero que le permitiera afrontar sus nuevas responsabilidades de adulto.

Y a partir de ahí, ya no hubo vuelta atrás. Duluc tiene 61 años, seis hijos, ha sido parte de grupos emblemáticos como Palemba, Transporte Urbano, los Guerreros del Fuego, Ga´Caribe y Domini-Can. Entre sus discos se destacan “A quién le creo” y “Pánico”. Por cierto, nunca terminó la licenciatura, pero destaca que las matemáticas que aprendió en los primeros semestres, le ayudaron, años después, a sistematizar mejor la música, a escribirla de forma lógica.

En estos años, en los que ha sido investigador, cantante, músico, folclorista y bailarín, ha buscado no solo los ritmos de la afrodominicanidad, también ha explorado los sonidos caribeños y le gustaría profundizar en ellos, entender cómo interactúan para traducirlos en más y más música. Quiere dejar su aporte a los futuros artistas (sí, le preocupa su legado), así como él se siente heredero de los investigadores que en las décadas de 1960 y 1970 documentaron los ritmos afrodominicanos.

“José Castillo me adoptó como su alumno, me llevaba a las fiestas de folclor. Ahí conocí a René Carrasco, Fradique Lizardo, todo este movimiento de investigadores… Edna Garrido de Boggs, vi que eso era una ciencia, el folclor. Eso que veía en mi casa, en mi campo: unos palos, una cosa que no tenía valor…pude ver en la UASD que eso sí tenía un valor antropológico, sociológico, espiritual, académico y hasta psiquiátrico, porque te regula la misma vida, y ahí comenzó lo que yo hago hasta ahora”, explica.

*Esta historia fue escrita en el marco del proyecto “Promoción de una cultura democrática y de tolerancia frente al racismo y la xenofobia en los medios de comunicación”, ejecutado por Espacio Insular con el apoyo de la Asociación Mundial para la Comunicación Cristiana (WACC) y el financiamiento de Pan para el Mundo.

Recorrido por el mundo

La música le llevó a conocer el mundo y a ver, hasta qué punto, la historia de la esclavitud y la trata de personas conectó el mundo negro fuera de África. “Cuando me junto con un cubano, no toco rumba cubana per sé, pero en Nueva York, me pasó en el 70, en el verano de Nueva York, los rumberos empiezan a juntarse ahí, en la 170 y uno de los domingos… nunca me atreví a coger un quinto con esos verdugos, pero poco a poco, un día lo cogí y empecé a meterle cosas dominicanas, gaga, de todo un poco, de rumba cubana, y me dijeron ‘wao, y ese gope, que gope más interesante ese’ , nadie me dijo está mal: ‘que gope más bueno, ese gope es bueno”, dice y ríe imitando el acento habanero que elimina ciertas consonantes y llena el habla de afronosoridad.
Al final, les recuerda a los dominicanos que el merengue, la música más emblemática de la dominicanidad dominante, es una construcción colectiva de todo el Caribe, región con la que, a su juicio, hay que colaborar y mezclarse más. “La influencia de la bachata con la música puertorriqueña y cubana es innegable. El merengue fue de un estilo antillano, caribeño, no es dominicano, se desarrolló aquí por alguna razón. Pero es una célula caribeña, africana. Hay razones para que comencemos a pensar en unir más esas cosas, porque somos más”, concluye. Hay ensayo, otros músicos le esperan.

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