Barrocos criollos

La Sábana Santa, escultura de Caspicara (1723-1796) en Catedral de Quito.

El barroquismo americano se acrece con la criolledad, con el sentido del criollo, con la conciencia que cobra el hombre americano, sea hijo de blanco, venido de Europa, sea hijo de negro africano, sea hijo de indio nacido en el continente […] la conciencia de ser otra cosa, de ser una cosa nueva, de ser una simbiosis, de ser un criollo…
Alejo CARPENTIER

El franciscano español Fray Juan de Zumárraga (1468-1548), primer obispo de la diócesis de México, funda en 1536 en Tlatelolco, ‘ciudad gemela de Tenochtitlan’, el Colegio de Santa Cruz de Santiago. Y millares de indios se hacen “músicos, cantores, pintores, calígrafos, gramáticos, filósofos y lingüistas” en los diez o quince años que pervive la escuela. Los indios ilustrados colaboran en la creación del Herbario, “el primer libro compuesto en América sobre remedios médicos indígenas [...] y también el primer libro que demuestra el arte pictórico y la ciencia botánica de los indios”, como escribiera Fernando Benítez.

El misionero franciscano Toribio de Benavente (más conocido como Motolinia) relata: “Los indios han salido grandes pintores después que vieron las muestras e imágenes de Flandes y de Italia que los españoles han traído”. Los franciscanos de Quito fundan en 1543 la primera escuela suramericana de artesanos indígenas. De 47 pintores documentados en Cusco durante el período virreinal, 35 eran indios, siete mestizos, cuatro españoles y uno italiano. En el curso del siglo XVI cristaliza en México el estilo Tequitqui, palabra náhuatl que significa ‘subsidiario’.

Técnicas precolombinas y mitologías antiguas se incorporan a las decoraciones, las esculturas y las pinturas. Pumas en lugar de leones, mazorcas de maíz que sustituyen los racimos de uvas de las columnas salomónicas, caballeros-águilas aztecas... ideologías antiguas entre los anagramas del Renacimiento.

A las nuevas tierras vienen las obras del miniaturista aragonés Ferrer Bassa, como también los lienzos del gótico-renacentista Pedro Berruguete y los del hispanoflamenco Fernando Gallego. La vida del Señor, de la Virgen y de los Santos resplandece en el caballete español. El ojo ibérico descubre las caras, mas no el paisaje. La grave coloración del nuevo escenario (de rojos, tierras, negros) favorece la demasía en el volumen, en tanto los dorados multiplican el copioso acento decorativo.

En la pintura el mestizaje es calmoso. El pincel europeo se aferra al espíritu replegado sobre sí mismo. A las provincias españolas de ultramar llegan estampas de las grandes obras del Renacimiento. América, sin embargo, es cosa distinta. Leonardo y Rafael dibujan con la razón. Piero della Francesca divide el espacio en el ‘justo medio’. Será preciso, pues, esperar al Caravaggio, a Rubens, a Zurbarán, a Velázquez...

La expresión americana niega la simetría y los espacios vacíos. El horror vacui es una esencia urgida de libertad, de abismos, de tinturas, de cadencias impacientes. Y de aquel “vitalismo en extrema tensión”, de ese “impulso potentísimo e incontenible hacia lo ilimitado”, del “hervor tumultuoso de lo impreciso y dinámico” ha de nacer la esencia artística del Nuevo Mundo: el Barroco americano… el Barroco de Indias.

Wölfflin discierne las claves: frente a la visión clásica renacentista de perfilados contornos y superficies, el Barroco tiende a lo pictórico, a captar la apariencia óptica fugaz. Frente a la composición en planos, la composición en profundidad. Frente a la forma cerrada, la forma abierta. Frente a la unidad compositiva lograda por la armonía de partes autónomas, la subordinación de todo a un motivo primordial. Frente a la claridad absoluta de cada objeto aislado, una claridad ‘relativa’ supeditada al efecto general. Allí cabe, incluso, la antinomia nietzscheana: frente a lo ‘apolíneo’ del Renacimiento, lo ‘dionisíaco’, lo ‘fáustico’ del Barroco.

Pero el Barroco de ‘aquí’ no es el Barroco de ‘allá’. “El Barroco de América —apunta Pedro Henríquez Ureña— difiere del Barroco de España en su sentido de la estructura, cuyas líneas fundamentales persisten dominadoras bajo la profusión ornamental”. Alejo Carpentier, de su lado, señala: “América, continente de simbiosis, de mutaciones, de mestizajes, fue barroca desde siempre. [...] ¿Y por qué es América Latina la tierra de elección del Barroco? Porque toda simbiosis, todo mestizaje engendra un barroquismo [...] Nuestro mundo es barroco por la arquitectura, por el enrevesamiento y la complejidad de su naturaleza y su vegetación, por la policromía de cuanto nos circunda, por la pulsión telúrica de los fenómenos a que estamos sometidos”.

En los grandes centros urbanos del Nuevo Mundo el Barroco cristaliza, sustancialmente, como un arte reasentado. Las imágenes vienen de Murillo y de Mena, de Zurbarán y de Rubens. Las tallas en madera proceden de Juan Martínez Montañés, el autor de un capolavoro: ‘Cristo en la Cruz’. De Francisco Pacheco, maestro y suegro de Velázquez, serán las normas: María adolescente, vestida de azul y blanco, coronada de estrellas, con la luna bajo sus pies y arcos de luz en derredor. El Nuevo Mundo, sin embargo, hubo de imponer su sello.

Iglesias, retablos, esculturas y pinturas nacen bajo la mirada del mestizo americano. Dos estilos predominan: uno, culto y europeizado, reciamente inspirado por los grabados flamencos, españoles e italianos; el otro, popular y reluctante a las ideas europeas, ejecutado por maestros anónimos en un estilo decorativo, de colores brillantes y expresión candorosa que evoca el arte popular y la tradición medieval en la representación.

En la América virreinal de los siglos XVII y XVIII los nombres son abundantes y crean escuelas: en Quito, en Cusco, en Potosí, en México, en Lima, en Popayán, en La Paz, en Ouro Preto, en Bahía. Las imágenes avivan el dogma con un fulgor inédito. Ahí están José Cortez de Alcocer, Antonio Albán, Manuel de Samaniego y Miguel de Santiago. Y también el indígena Diego Quispe Tito, el Maestro de la Almudena, Leonardo de Flores, Gaspar Miguel de Berrio, Miguel Cabrera, José Joaquín Magón y Sebastián López de Arteaga. En las figuras policromadas de Legarda, del Aleijadinho y de Caspicara (el indio Manuel Chili) se recubren de levísimas fosforescencias los enigmas de la fe.

Vestigios de zambo y mestizo y mulato hirviendo en el crisol colonial. Huellas del instinto creador en la enormidad del sendero americano. Ornamento que suplanta arcanos y conjuros en un espacio circular, sin inicio ni término. Claro que sí: es el Mundo Nuevo subyugado por Europa. Y, al mismo tiempo, es el viejo continente transterrado a la comarca inédita. Bolívar dirá luego: “No somos blancos, no somos indios, no somos negros: somos un pequeño género humano aparte”.

Todo, hace ya tres o cinco siglos, sucedido en esta mitad del mundo. En este metafórico destino americano adonde nos tocó abrir los ojos y existir.

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