Sergio Hernández, prisionero del mito de un cortesano

Sergio Hernández.
Hernández fue víctima de una profunda crisis neurótica y se retiró de la dirección de su escuela avergonzado

El profesor Sergio Augusto Hernández Jiménez, guazumaleño, es un hijo casi directo de Eugenio María de Hostos quien nunca vivió en Tamboril y solo pasó por ahí el 19 de agosto de 1900 como lo indica el itinerario realizado por Demorizi.

Fue alumno tanto del italiano Salvador Cucurullo como de Manuel de Jesús De Peña y Reynoso en los períodos en que no estuvo al lado de Máximo Gómez en Cuba.

El mito del título apareció en las páginas 68 y 69 de la decimoprimera edición de 1989 de las Memorias de un Cortesano de la “Era de Trujillo” de Balaguer.

Todo surgió cuando Trujillo tenía dos años en el poder y su maquinaria empezó por eliminar a sus oponentes, principalmente los horacistas. Es así como son asesinados Los esposos Virgilio Martínez Reyna y Altagracia Almánzar aunque ya en el 31 Desiderio Arias “hombre de valor” ya había sido decapitado. A ellos le siguió el profesor de Moral y Cívica y de Historia de la Filosofía, Andrés Perozo y su hermano Faustino.

Dice Balaguer en las citadas páginas: “…Ercilia Pepín (…) hizo izar a media asta la bandera nacional en la Escuela México, entonces bajo su dirección, como prueba de solidaridad del magisterio nacional ante la muerte del profesor Andrés Perozo.

En la Escuela Normal, en cuyas aulas parecía permanecer vivo el recuerdo del maestro inmolado, la bandera de la República permaneció en su asta, sin que nadie se atreviera a bajarla del tope como señal de duelo. Las críticas contra el director de la escuela normal se extendieron por toda la ciudad de Santiago que aplaudió, en cambio, el gesto cívico de la directora de la escuela “México”. Ercilia Pepín se quitó entonces la falda que vestía, en presencia de los alumnos y los maestros de su plantel, y se la envió en una bandeja al profesor Don Sergio Hernández, con este mensaje escrito de su puño y letra: “Envíeme en cambio sus pantalones”.

Poco después don Sergio Hernández fue víctima de una profunda crisis neurótica y se retiró de la dirección de su escuela avergonzado. Un día, ante la expectación de sus numerosos discípulos y de toda la población de Santiago, se abrió el vientre con una navajita “Gillette”. Se seccionó los intestinos y fue colocando los pedazos, hasta desfallecer exhausto, en la misma bandeja en que recibió la prenda de vestir con que se pretendió ridiculizar su masculinidad como profesor y como ciudadano…”
La colocación de los intestinos “en la misma bandeja” se convierte en la página 80 de “Historia de la Educación de Santiago” del amigo Rafael Darío Herrera, en que Sergio “tomó una navaja y se destrozó los intestinos frente a sus alumnos y los colocó en la misma bandeja…” (sic).

En su nota 125 al pie de la página Rafael Darío, ingenuamente, justifica el dato porque “El hecho lo relata un testigo de esa época, el entonces adolescente Joaquín Balaguer…”.

Entre Ercilia y Sergio no hubo nunca ningún tipo de disputa ni desacuerdo. Tanto Ercilia como Sergio pusieron la bandera a media asta lo que les costó a ambos su cancelación de la Secretaría de Educación. Esta Secretaría tenía como titular en 1931 a Max Henríquez Ureña el que fue sustituido por Osvaldo Báez Soler. Pero es Pedro Henríquez Ureña quien dirige la institución cuando cancelaron a ambos educadores y un tal Jiménez el subsecretario.

En la página 181 del libro “Pedro Henríquez Ureña en Santo Domingo” de Orlando Inoa aparece una entrevista a Don Sergio, director de la Escuela Normal (donde está hoy el Onésimo Jiménez) publicada el 3 de junio de 1932 en el Listín Diario tomada de El Diario de Santiago.

No solamente habla el artículo de la cancelación de don Sergio sino de su encarcelamiento en la Fortaleza San Luis. Dice Sergio en la entrevista: “…el alumnado todo de la Escuela, especialmente las niñas, lloraban por mi inesperada separación del cargo (…) Ahora, en relación al asunto de la bandera a media asta, en honor a la verdad debo decir lo siguiente: Siguiendo una costumbre que, aunque no está instituida hasta hoy dentro de las leyes de enseñanzas, ya la había puesto en práctica en anteriores ocasiones, fue que dispuse poner a media asta la bandera de la Escuela. Así, en anteriores ocasiones y con motivo de las muertes de los profesores don Salvador Cucurullo, don Rafael Reynoso, Mr. Prosperi y otros más, y sin previa consulta, ondeó a media asta, la bandera de este plantel y, en determinados casos, fueron suspendidas las labores escolares…”

Ercilia, en declaraciones a El Diario el 3 de junio y reproducidas en el Lintín Diario el 7 de junio de 1932 precisa que “…siguiendo una vieja costumbre establecida por todas las escuelas de la República, de poner la bandera a media asta durante tres días cuando moría un maestro del plantel (…) fue que dispuse rendir ese tributo al profesor Lic. Andrés Perozo, que actuó dos años como maestro de la Escuela México, prestando ese servicio de manera absolutamente gratuita…”

Sergio cayó en desgracia e intentó abrir una escuelita a la que llamó Francisco del Rosario Sánchez en la Logia de la calle Traslamar (Beller) como me lo contó su alumno, el arquitecto Cuqui Batista, donde su padre pagaba un peso al mes. Casi nadie se atrevía a llevar a sus niños allí. Se fue a vivir al Caimito, Moca a donde una hermana.

Hay que recordar que, en un acto del Centro de Recreo, fue aplaudido más fuertemente que Trujillo y eso no se
perdonaba.

El cuento de Balaguer no es de cuando “era adolescente” ¿No sería acaso la leyenda inventada para encubrir el asesinato del profesor?

¿En qué mente cabe pensar que en esa época, una profesora de la prestancia y reputación de Ercilia Pepín se quitaría las faldas delante de sus alumnas? Eso tiene un toque perverso y hasta pornográfico entendiendo el contexto de la época. Si Sergio no bajó la bandera, ¿Por qué fue cancelado por ese motivo? Y peor, ¿Por qué fue encarcelado? Es evidente, querido Watson, que el mito tenía propósitos calculados.

Federico Velásquez, vicepresidente y director de Hacienda de Horacio Vásquez tuvo que salir a Puerto Rico donde tampoco escapó de la lista macabra del régimen.

Algunos de los familiares de Sergio y amigos cercanos a Balaguer han declarado a favor de la teoría del suicidio, obviamente. Pero no hubo tal suicidio, lo encontraron debajo de una mata de limón dulce en el conuco de su hermana. Nadie se suicida cortándose en pedacitos sus intestinos ni siquiera en las películas de horror.

Sergio fue una victima más de la Era, aquel túnel oscuro de nuestra historia y que Balaguer extendió.

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